domingo, 26 de octubre de 2014

De Disney y lechugas



Nosotras crecimos en un tiempo en el que nos contaban cuentos. Disney nos decía que lo del amor iba a ser de una manera… Y ahora nos encontramos con esto- me decía Pajarito mientras rebuscaba cacahuetes en el plato de los frutos secos.

El “esto” al que se refería tiene que ver con “la piratería de almas”, como ella lo llama; ese complejo entramado social en el que todos estamos comunicados con todos sin comunicarnos realmente con nadie; una inmediatez sobrecargada de información que nos impide enterarnos de nada. Es el intento de mantenerte a flote entre historias que prenden y se esfuman con la misma celeridad; las pasiones explotan, en el mejor y también en el peor de los sentidos y, pellizco a pellizco, el corazón termina pareciéndose a un pegote de carne picada. Materia dañada pero reutilizable.

La noche que Eme se acercó a mí en un garito de dudosa legalidad mi pegote de carne picada suplicaba que me largara echando hostias. ¡Ja! Mis cojones treinta y tres.

Nos reencontramos seis días después. Al mes nuestras conversaciones lo ocupaban todo.  A los dos meses, los cuerpos dieron paso a las personas. A los tres las personas dieron paso a sus historias. A los cuatro las historias empezaron a ser La Historia.

"No te pido nada”, le advertía yo a Eme. ¡Ja otra vez! Mis cojones treinta y cuatro.

Si en los últimos diez años no hubiera aprendido nada de las relaciones, ¿qué me diferenciaría de una lechuga? – me interrogaba Pajarito junto a la barra del bar.

Cine, cenas, sexo, mucho sexo. Y risas. Ataques de risa… y de celos. También miedo; historias pendientes, duelos en stand by… velocidad. Demasiada velocidad. Hostia asegurada.

- Deberíamos separarnos un tiempo –le propuse a Eme al quinto mes.
- Bien.

“¿Bien?”. Pues sí, bien. Porque, aunque lo que en realidad deseaba decirle era #quédateamiladoporsiemprejamásjamelgomío, La Historia empezaba a oler a cuerno quemado.

La noche que Eme se acercó a mí en un garito de dudosa legalidad supe que iba a perder la cabeza. Mi montón de carne picada me pidió que saliera corriendo, pero no quise. O no supe. No pude.

Él sí.  

Al igual que Pajarito, creo haber aprendido de las experiencias pasadas. Perder la cabeza es… maravilloso. Aunque lo realmente genial es perderla con alguien que también la pierde. No por ti, sino contigo.

- Tengo la sensación de que se me escapa un buen tren-, me dijo.

Acompañé a Eme hasta la puerta. Se abrazó a mí con tanta fuerza que acabé por churretearle la americana de maquillaje. Le mesé la barba. Se me desdibujó la sonrisa. Mi montón de carne picada chillaba que no lo dejara marchar.

-       Adiós.

No. No era yo la que lo dejaba escapar; era él el que me dejaba ir a mí. Yo, lo único que hice, fue escoger ser la protagonista de mi cuento.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Las historias que dejamos escapar


¡Arriba las manos!, esto no es un atraco. Es un recuento. Arriba las manos de quienes sintieron alguna vez que dejaban pasar algo. O a alguien. Yo estoy levantando hasta los dedillos de los pies.

¿Qué habéis dejado pasar?

En mi lista hay trabajos. A veces los dejé yo y otras veces me dejaron ellos a mí. Hoy ese feedback se ha quedado por el camino, pero hubo un tiempo en el que sí: dije que no a algunas ofertas. Incluso me planteo si no registré una marca a la más veloz en joder una entrevista de trabajo el día que, sobre las 9 de la mañana, sin haber llegado a ser convocada, chafé una por teléfono y desde la cama. Creedme, puede hacerse –tener amigos como los míos, aficionados a suplantar identidades desde extensiones de empresas, lo facilita. Estar medio dormida, también-.

  • -       Te llamo de Espírito Santo -, me dijo el gaché.
  • -       Pues dile al divino que se ponga al teléfono. Si no, no hablo.


Ni el divino, ni el humano. Me dejaron pasar. 

¿Y qué me decís de las fiestas, salidas, viajes o citas? 

Me gustó desde el principio, lo recuerdo perfectamente. Y no me hizo ni puto caso –lo recuerdo igual de bien-. Alto, tremendamente alto. Tan alto que tenía que subirme a los trancos para robarle besos. Porque no sé el momento exacto en el que pasó, pero acabamos cuajando. Y me asusté. O me relajé. O no me importó lo que quiera que fuera que estaba pasando, porque ya pasaría otra cosa. Él abría camino y yo no daba ni un paso. El caso es que cuando estaba con él, estaba bien. Bastante bien. Pero dije que no -una vez más- cuando me propuso ir a una cena con parte de su familia. Esa noche la conoció a ella. Fue “su ella” durante años.

Lo que me recuerda la cantidad de relaciones, a distintos niveles, que he dejado pasar: compañeros de colegio, amigos del instituto, colegas de trabajo… Personas que encuentras por casualidad, fascinantes –tremendamente interesantes algunas de ellas incluso-, y con las que hace tanto tiempo que no me cruzo.

¿Es como la imagen manida de los trenes, como los plazos de entrega que dejamos pasar? Puede. Yo lo he hecho: he vivido angustiada por tener que entregar algo que no me ha salido del mismo chisme hacer hasta dejar que se agotara el plazo para liberarme yo sola de la presión. Con el vencimiento se acaba la pena. <<Ups, qué mala pata. Pues va a ser que ya no puedo entregarlo así que… sigo sin hacerlo>>. Y tan tranquila.

No. Es más bien como los kilos que vas cogiendo. Uno no se nota, dos no se notan. Tres… se notan poco. Cuatro… no se notan mucho. Cinco sí se notan, pero se hace la vista gorda si son vísperas de fiesta. Y lo vas dejando pasar. Igual que en la playa. ¿Cuántas olas tardáis en meteros si está fría el agua? Cuando el Mediterráneo se me asoma al terraíllo, tengo la sensación de que un guerrero samurai me hace los honores con una espada de acero toledano entre las piernas y divago allí, en mitad del charco. <<¿Me meto o no me meto?>>. Me meto.

Y es lo que he hecho: me he metido. Sencillo. Pasas o no pasas. A veces más sencillo todavía: te dejan pasar a ti. Hala majo o maja, a tomar viento del Bierzo. Son elecciones. De eso se trata o, al menos, lo ideal es que se trate de eso. Eliges la ola con la que vas a cruzarte si has decidido que te quieres bañar. Eliges controlar el peso, cumplir o no los plazos, dejar que alguien pase de largo, tentar a la suerte.

Pero consciente. Sabiendo que lo de estampar el dedo frenéticamente contra el botón de “siguiente” sale bien en el equipo de música del coche, pero poco más, que las páginas de los libros* puedes leértelas a saltos porque, si no te enteras de algo, siempre puedes volver hacia atrás y que en la cola del súper se pueden ceder puestos pero está aconsejado usar el instinto (desconfía de las abuelas que avanzan como conejos de Duracell por los alrededores de la cola. ¡Y no discutas! Aunque recorrerla entera cueste más que algunas etapas del camino de Santiago, la abuela se la va a hacer del tirón y te asegurará que ni la ha visto).

No dejes que pase sin darte cuenta -la vida, quiero decir, no las abuelas-. Si está en tus manos, deja que pase si quieres: elige.  Sé que no es la primera vez que os lo digo, pero tengo que decíroslo otra vez: me he quitado. Me he quitado de las palmeras de chocolate, de los triskis, los frostys y los güiskis. También de los hombres. No es definitivo, solo me estoy racionando. Por eso, aún recuerdo la sensación que compartí con mis amigas cuando, al volver de fiesta, abrochamos la noche con el placer culinario de una barra de pan rellena de cosas. Gloria masticable. Por eso, hace un par de días, me costó horas rebajar las pulsaciones después de una conversación.

Se llama… No, no voy a decir cómo se llama. Es una persona que quiere jugar “en segunda fila”, tal y como me recordó. “Elijo lo que quiero mostrar y a quién quiero mostrárselo”, cuenta. Hacía años que no hablábamos y nuestra historia –que a mí me parece curiosa y bella a partes iguales- me tuvo, en bucle, dando las gracias la otra noche al techo. Hace casi 10 años que nos conocemos. Apenas nos vemos; nos presentamos cíclicamente, sin ningún orden ni concierto, en forma de palabras. Unos 20 meses desde el último intercambio de letras. Algo más de 40 del cara a cara final.

Fui yo. Hacía demasiado tiempo. “ (…) todavía me importa cómo estén las piernas más bonitas del campo (…)”. Elegí escribirlo. Horas después – 4 y 39 minutos, para ser exacta- respondió.

Hace casi 9 años que nos conocemos, 2 que no hablamos, más de 3 que no nos vemos. Conversamos durante horas.

Me costó quedarme dormida.

Di mil veces las gracias. A Dios. A mí. A su respuesta. A lo que fuera.

Gracias por haber sido valiente y elegir.
Gracias por no dejarnos pasar.




* (Nota de la autora: "Niños, no intentéis esto en casa. Los libros no se leen a trompicones. Todas las palabras están puestas por algo y forman parte de la historia. Leer está recomendado pero no es una obligación y está bien que tengáis criterio propio. El mío, dicho sea de paso, me dicta que si no le dais larga vida a los libros me cague en vuestros higadillos. Y en San Botón").

lunes, 27 de febrero de 2012

¿Qué cuentan tus perfiles de ti?

Tengo cuenta en facebook, twitter, tuenti y linkedin. Utilizo gestores de correo en gmail, hotmail y corporativos. Mi móvil, android por supuesto, tiene conexión 3G, aunque prefiero tirar de wifi siempre que sea posible, y los dedos me hierven a ritmo de whatsapp. ¡Qué maravilla! ¿no? ¡No! Qué desastre más grande...

Conocí a Roberto hace años; casi se me salen los ojos de las cuencas si trato de ajustar cuentas con los dedos, porque no me alcanza con dos manos. Ni tenía móvil, ni perfiles en redes sociales, ni prisa.

Aquel niño me gustó. No hay más explicación; me gustó y punto. Y yo le gusté. Así que intercambiamos direcciones y nos escribimos durante años.

Mucho más reciente es la historia con Él; tan reciente que me sobran las dos manos si tratara de contar algo. Ahora tengo, según un cálculo aproximado, 12 formas diferentes de establecer contacto. Y ninguna me vale de nada.

“No voy a agregarte a Facebook”, me dijo la última noche que pasamos juntos. <<¿Y?>>, pensé yo. <<Se habrá creído el tontolaba este que voy a ir corriendo a buscarlo…>>.

Pues sí. Lo busqué.

¿Alguna vez habéis olisqueado por Internet para saber más de alguien que se cruza en vuestra vida? ¡Que nadie se espante! es una práctica común (bueno sí, espantaos, porque la generalización no exime de culpa y porque gestionamos regular la información). Yo lo hice y encontré correos, perfiles sociales, comentarios en foros y algún rastro en un sitio que no revelaré, pero que me sirvió para almacenar más información.

Conclusiones de investigar a Él:

1.- Maldita sea ¡no esconde nada! Ni tiene hijos, ni está casado, ni hay álbumes varios con fotos de chicas que no soy yo… (tampoco hay fotos mías). ¿Por qué ese secretismo entonces? Se llama intimidad.  

2.- Ahora que sé su ideología política y creencias religiosas, ahora que puedo recitar de memoria sus libros y autores favoritos, la música que escucha, su estado civil (el real y el deseado), me pregunto si no hubiera sido más interesante esperarme a que me lo contara Él. <<Sí>>, es la respuesta. Me vuelvo de un listo a toro pasado…

3.- ¿Qué tal si desarmamos filas y nos tomamos esto con calma? ¡Ar!

A Roberto, aquel chico del que os hablaba al principio, nunca volví a verlo, pero lo recuerdo con cariño. Instalados en ciudades diferentes, seguimos caminos distintos y no hubo lugar para el reencuentro. O quizá no quisimos que lo hubiera porque, entre carta y carta, continuamos viviendo. Y eso nunca es malo.

Ni reproches, suyos o míos, ni llanteras. Solo cartas. Y el tiempo necesario para que volaran de un lugar a otro. Cada vez que llegó un sobre con su letra, convirtió cualquier día en un día especial. Nunca, los días que no había carta, eran tristes. Porque los intervalos  me parecían de lo más razonable; sabía que el proceso necesitaba su tiempo.

A Él dudo si volveré a verlo. No; miento salvajemente: creo que nos vamos a encontrar. Sé que no será hoy, ni mañana, ni la semana que viene. Sé que aún falta un poco, que hay que esperar. Y no sé qué pasará, si es que pasa algo, ni si querremos los dos, alguno o ninguno, que pase. Pero compruebo, con gusto, que esa incertidumbre que os cuento no me obliga a estirarme el pelo hasta los tobillos, o chillar como un marrano, cuando empiezo a darme cuenta de que no todo puede estar para ya. Hola, me llamo Sara y llevo 24 horas sin mirar su tuenti. Ya no sé cuándo fue la última vez que se conectó. Bendita paciencia (¡qué poco te me apareces!).

Lo he imaginado como el padre de los hijos que aún no tengo. Lo encumbré (sin haberlo catado) como el mejor de los amantes en días buenos y deseé con toda la capacidad que me sale de las tripas que se enterara, telepáticamente, de que era un maldito egoísta y un anormal desagradecido cuando amenazaban chubascos.  Pero no conectaba bien la señal... En resumen: lo he querido, desquerido, amado y odiado de un tirón, casi sin conocerlo. Bueno, sin el casi.

Ahora me pido plantarme, así que: ¡marchando una de calma! Porque sí(1): puede que me guste. Pero sí (2): “todavía no he decido quedarme contigo”. Entre otras cosas... porque aún no sé nada, aunque fuera capaz de encontrarte en Internet.  

PD.- En relación con la entrada anterior: sí, hablamos del mismo chico. Por eso es necesario una Nota aclaratoria: ese "voy a esperarte" sigue en pie. No por ti (no te lo tomes como algo personal). Me lo debo.

lunes, 20 de febrero de 2012

Que alguien me pare la lengua



Me gusta comerme el chocolate a bocados. No soy de las que se meten un trocito en la boca con delicadeza y lo disuelven a base de repasarlo con la lengua. No. Yo lo mastico. No me como una onza, me como once; con suerte, quiero decir. Porque tiendo a comprar las tabletas más grandes que encuentre y  me las ventilo sin miramientos.

Eso sí, una tiene sus criterios de selección: ¡no al chocolate con almendras! (porque las almendras quitan espacio en la tableta para que haya más chocolate). Sí, en cambio, al chocolate con Lacasitos. Quedan claras las pautas, ¿no?

Pero ahora, con esto de estar haciéndome grande, quiero decir gorda,  quieres decir hermosa -diría mi abuela- he pensado que igual debería racionarme: lo dejo. Al menos por un tiempo. Y como premio, con el único objetivo de animarme a base de recompensas por mi esfuerzo, me permito coger el ascensor.

A veces tengo unas ideas…

Mira que me conozco, pero oye, que no aprendo. La cuestión es que, en mi primera subida usando el privilegio, se monta un colega que es tan brillante como amplio. Es para no castigar las rodillas- me cuenta. Vamos, otro que está de buen año, aclaro yo.

Acostumbrada a verlo con camisetas de malote me sorprende que esté adornado con chaqueta y corbata. En realidad no me sorprende, de hecho #meimportaunaputamierdaquelosepas, así, todo junto y del tirón. Pero como bien decía antes, a veces tengo unas ideas…

- ¡Joder, qué guapo! ¿Qué pasa hoy?
- Es carnaval... -bromeó.


¿Pinta bien? No. Pinta de pena.

- ¡Pareces un señor!

-  
Toma cagada.

Se cortaron las risas, las suyas y las mías, y me miró como si me hubiera tirado un pedo en el ascensor y él lo hubiera olido. Si no era cosa suya, estaba claro que había sido yo y sus ojos  me acusaban. Me sentí regañada y quise arreglarlo con un <<bueno, no quiero decir que… osea, que eres un señor>>, pero nos solapamos.

- Soy un señor, Sara. Aunque no lleve corbata. Te suponía con más clase...

Hostión.
Sería cobarde adjudicarle el patinazo a la falta de azúcar. Me estuvo bien merecido aquel uppercut ¿o no? Entonces me puse a pensarlo: ¿cuántos tierra trágame he protagonizado? Recuerdo las primeras elecciones en las que voté; había un chico guapísimo en mi mesa.

- Hola.
- Hola.

Me quedé mirándolo más tiempo del necesario. Y entonces lo solté.


- ¿Me das un boli para rellenar esto?

-
Me di la vuelta (sin que se me hubiera ofrecido un bic o sucedáneo. ¡Qué poca humanidad!). Metida en la cabina quise, inútilmente, dar cabezazos. Pero no conseguí más que revolver las cortinas con mis aspavientos y asentar la imagen de tarada cuando salí sonriente, con aire casual.

Peor fue contestarle con un <<no te preocupes, peores cosas me he metido en la boca>> a una suegra que tuve y que se ofreció a cambiarme el tenedor que magistralmente colé en el comedero del perro.

Patazos los he tenido de todos los tipos: he dicho estupideces que no pensaba, me he bloqueado y también he llegado a relajarme tanto que yo sola me la jugué. Unas veces por despiste, otras por incomodidad… confieso que me ha pasado. ¡Y eso que se supone que vivo de manejarme bien con las palabras!

En la medida de lo posible, si os ocurre, podéis intentar arreglarlo si así lo consideráis. En el caso de mi compañero, sé que no es necesario. Más allá de la colleja verbal que me sopló, no me lo tendrá en cuenta; sabe que lo considero todo un señor, en el sentido más positivo. Sin embargo, con esto de los recuerdos me ha venido a la mente una de esas cosas que dije, hace no mucho, y que estoy pensando en corregir. A veces, también, la he cagado por ilusa.

<<Voy a esperarte>>.

Él no lo sabe. O sí. Pero es posible que cambie de opinión.

Os lo cuento otro día. Necesito chocolate.

Sí, lo sé, me estoy quitando… Pero es que mañana no pienso coger el ascensor.

jueves, 16 de febrero de 2012

V-A-L-E-N-T-Í-N. 8 letras.


Hace años descubrí el Wordbox: un juego online en el que luchas por conseguir más puntos que tu oponente, a base de formar palabras con las letras que te proporciona la máquina. Entre los jugadores recién iniciados, que no hacen más que añadir eses a las construcciones del rival, o los piratas que pelean por el palabro más largo, a veces te cruzas con linces, como Athom. Ese nick guerrero responde a un hombre de 40 años, con una habilidad sorprendente para encajar palabras de 8 letras en casillas de doble y triple puntuación, con ciertas dotes de Job… y menos de santo. Athom demostró paciencia. Infinita paciencia para ganarme una y otra vez… hasta que se le gastó.

A-M-O-R construí en la sexta partida.

<<Qué oportuno>>, comentó en el chat que lleva incorporado el juego. <<¿Qué te han regalado?>>.

ARRA, coloqué. 9 puntos. ARRASTRAR. Añadió. 15.

<<Amor -dije -Mucho amor>>. Y poco más pude explicar porque efervesció por la boca cuando manifesté que yo no estaba enamorada. Él, que preguntó por los regalos un 14 de febrero, día de San Valentín, sobreentendió que al hablar de amor, y siendo mujer, debía referirme necesariamente al que pudiera cederme un hombre. Sentenció con su pose de señor ilustrado que no hay que mantener lo que se sabe ya que no funciona. Gracias, San Athom, por venir a iluminarme. Ni siquiera pude protestarle porque me pidió que guardara las uñas y me llamó bonita. Pero bonita con el “mira” delante. Ese “mira bonita” que fue la versión edulcorada de coronarme como débil mental.

Menuda mala hostia gastamos en el día del amor; me sorprende, oiga. Como me sorprende también la sempiterna coletilla de que este día nació en la sección de Swarovski de El Corte Inglés. ¿Será también que el 8 de marzo, el día del SIDA o el de la paz son cosa de un lobby secreto de merceros que hacen el agosto a base de malvados lacitos de colores?

Recuerdo un San Valentín, hace muchos años: un jazmín, tomado de un jardín ajeno para mí y una tarjeta casera para él; ese fue nuestro intercambio. En aquel momento, dentro de aquella historia, tenía todo el sentido que supimos darle. Un 14 de febrero, mucho más reciente, me plantaron un enorme ramo de rosas con peluche incluido que me costó un divorcio. Y ni siquiera pude echarle la culpa a El Corte Inglés. Ni el mejor presente de Cartier le hubiera dado sentido a aquella historia.

Por eso me pregunto si no será que hemos encontrado un enemigo fácil al que atacar cuando lo que nos faltan son ideas propias para decir te quiero.

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, que la vida solo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos completos (…), escribió Lennon. El mismo que enseñó el culo en la Rolling Stone, enfetado junto a Yoko, y se metió con ella en la cama para pedir paz. Y eso, al margen del impacto de la japonesa en la banda de Liverpool, merece la pena. Aunque seas una puñetera y redondeada naranja completa.

CORROMPER. LOA. DOLOR.

¿Quién dijo que a la tercera va la vencida? He tenido que jugar 6 partidas contra Athom para que nuestros marcadores estén medianamente igualados.

PERDONA. Escribo. PASADO. Replica. Sumo 320 puntos. Él 346. Es la última mano; si consigo una buena palabra la partida es mía. Brilla un hueco triple libre.  Entonces lo veo: OPORTUNIDAD.

Se desconecta, siendo ya día 15. Y yo, que milagrosamente he sobrevivido al temido San Valentín, me voy a la cama con la misma convicción del día anterior: le enseñaré encantada el culo al mundo... el día que encuentre la mano adecuada.




viernes, 10 de febrero de 2012

Impatience

<<Tu vuelo sale a las 8:45. Te dejo un par de vales para el taxi y 300 en efectivo. No creo que necesites más>>.

Cuando la productora se marcha regreso a mi campamento base, escoltada por muebles de Ikea. Los ojos, resecos y resentidos, repasan una vez más la documentación. Termino a las 00:36 y me forro: guantes, bufanda, boina... y tabaco. A mí los pitillos me abrigan.

No acabo de encontrarle el sentido a troncharme nada más atravesar la puerta de casa, pero lo hago. Se me escurren el bolso y las libretas, el abrigo y las ganas... y lo dejo bien colocado en el suelo. A modo de pataleta me quedo allí, coronando aquel belén. <<Hala bonita, ya que has protestado, recógelo todo>>. Y lo recojo. No porque sea una maniática del orden, más bien porque en mis 30 m2 de alquiler hay que hacer espacio hasta para un arranque de cojones. Para eso y para abrir el tendedero, si es que quiero una muda limpia para el viaje. Y la quiero.

Ser desorganizada no es incompatible con mi trabajo. Es poco recomendable, pero se puede sobrevivir. De hecho, lo hago desde hace años. Por eso no me extraña encontrarme tendiendo una colección de intimissimis bien entrada la madrugada.

Como era de esperar, la ropa no se seca con un par de horas de exposición en mi estudio interior. Aún pudiendo rescatar algo, y con el avión calentando motores ya, no es suficiente para llenar la maleta que aún no he hecho.

<<Era evidente>>, podría pensarse.

- ¡¿Y qué?! -digo yo.

Había que intentarlo. Cuando quieres ropa limpia, hay que lavarla. Otra cosa es ropa limpia... y seca. Entonces debes pensar. Pero el primer paso sigue siendo lavarla.

Pienso (por decir algo). Un par de bragas, dos juegos de calcetines y una camiseta de tirantas giran sobre el plato del microondas minutos después.

Si conoces la sevillana De agujeritos, sabrás a lo que me refiero cuando afirmo que yo no necesito que me compren nada. Le metí fuego, involuntariamente, a mi ropa interior. En mi defensa diré que no reutilicé nada... porque no quedaba tela suficiente.

Y, ¿sirvió de algo todo esto?
Sí.

¿Aprendí que el microondas debe usarse para calentar lentejas?
Pues no.

¿Y entonces?
Tomé nota; a veces se me olvida la importancia de medir los tiempos.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Hasta donde me alcancen las ganas.

¿Cuánto puede amarse y desamarse en cuestión de segundos? Mucho. Y muchas veces. 

Amé a mi editor en el momento en que me facturó rumbo a La Alpujarra granadina, con varios reportajes como encargo. Lo desamé cuando, habiendo dejado atrás el aeropuerto, subí desde la costa hasta la montaña en mi Panda de alquiler. Y volví a amarlo  siguiendo el recorrido que hace el sol, desde Albuñol hasta Albondón, al toparme con las higueras; desnudas, estancas. Secas en la orilla sur, de un gris ceniza. Caladas en el este, derramándose por la cara en la que empiezan a templarse.

Los albondoneros, que habitan en una retícula de 35 m², tienen casas tan perfectamente blancas y alineadas como la dentadura de los árabes que pasaron antes por allí. Conservan poco de aquellos tiempos, porque ya casi ni ellos se mantienen en su tierra; terminó el XIX y el esplendor que les trajo la uva. Algunos continúan haciendo vino, pero ya nadie vende.

De los casi 900 censados, apenas aguantan el invierno allí 20; dos decenas que salen a recibir al que tenga a bien ser recibido. Me llevo una hogaza de pan, dos botellas de vino y un bote de almendras tostadas. A lomos del Panda, evito bordear la costa y cruzo la Contraviesa.

Atreverse a bajar la ventana es dejar que el coche huela a naranja. Y casi me pica la nariz por el polvo de almendra. Pediría un vaso de agua al traspasar los secarrales; hasta la lengua se me atraganta con la espuma de esos cerros. Pero no han pasado tantos metros, o sí, cuando se escurren los tabiques de montañas y descubro que estoy subida a una recta, rodeada por nada, en un punto muy alto.

A la derecha, el Mulhacén. A la izquierda, la vista me alcanza hasta África, solo porque es un día claro.

Pitan. He dejado la puerta abierta al bajar y el autobús que se enfrenta a mi Panda necesita más espacio. 

Hago que suene un hang en el coche. Porque a hang es a lo que suena esto: a subirte a un sitio alto, tan alto y tan solo que, de repente, estás a salvo.

Ahí arriba, donde se te antoja que respiras más fuerte, más de verdad, con ansias a ratos, a ratos con paz, es como si partieras de cero. Como los minutos que flanquean el año nuevo, cuando todo tú te llenas de ¿por qué nos?.